La harina de uva, también conocida como harina de vino o harina de orujo, gana cada vez más espacio en el mercado gracias a sus propiedades nutricionales. El producto se obtiene a partir del orujo, es decir, las pieles, semillas y restos de pulpa que quedan luego del prensado de la uva. En lugar de convertirse en un desecho —como ocurre en muchas bodegas, donde se descarta, se utiliza para elaborar alcoholes o simplemente se destina a compost— este subproducto puede secarse y molerse para obtener una harina con un importante valor nutricional.

La información circulante da cuenta que la misma posee una elevada concentración de fibra, antioxidantes, resveratrol, hierro, cobre, magnesio, vitaminas A, C y E, además de ácidos grasos Omega 3 y Omega 6.

Por otra parte, uno de los datos que más llama la atención es su contenido de fibra, que alcanza cerca del 47%, muy por encima del que presentan la mayoría de las harinas tradicionales. En cuanto al resveratrol, distintos estudios científicos lo destacan por su gran capacidad antioxidante, asociada a la protección celular y al cuidado del sistema cardiovascular.

La harina de vino se utiliza en pequeñas proporciones para elaborar panes, pizzas, pastas, budines, galletas, salsas, licuados y otras preparaciones, aportando un característico color violáceo y un suave sabor vinculado a la uva.

Además de su aporte nutricional, representa un claro ejemplo de aprovechamiento integral de la producción vitivinícola, ya que convierte un subproducto que durante años fue considerado un problema para muchas bodegas en un alimento funcional con creciente demanda.

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