Hay despedidas que no se anuncian simplemente, se sienten antes de que ocurran, y tal vez ese fue un sentimiento oculto luego de perder la final a lo que se sumó la muerte de su padre.
El retiro de Lionel Messi de la Selección Argentina obliga a pensar algo más profundo que el final de una carrera extraordinaria. Obliga a preguntarnos qué nos dejó ahora que ya no estará en una cancha vistiendo la celeste y blanco con el número 10, cuando ya no esperemos de él una jugada imposible, un pase inesperado o esa sensación de que, aun cuando el partido parece perdido, todavía puede suceder algo.
Messi no fue solamente un futbolista excepcional. Fue parte de la historia emocional de varias generaciones de argentinos. Durante años cargó con una exigencia que muchas veces excedió los límites razonables del deporte. Se le reclamó ganar, liderar, emocionar y hasta responder por frustraciones que no le pertenecían exclusivamente.
Durante mucho tiempo, la Selección fue también el escenario de una discusión injusta alrededor de su figura. Se comparó permanentemente lo que hacía con lo que había hecho Diego Maradona. Se cuestionó su liderazgo, su compromiso e incluso su manera de vivir el fútbol. Messi respondió de la única forma que parecía conocer: jugando. T de ésta manera consiguió con la Selección aquello que durante tantos años pareció negársele.
Aunque, sin lugar a dudas, el verdadero legado no está solamente en las copas.
Está en haber demostrado que una carrera también puede construirse a partir de la perseverancia. Que se puede caer, perder finales, ser cuestionado y volver a intentarlo. Que la grandeza no siempre consiste en ganar desde el primer día, sino en tener la capacidad de insistir cuando todos parecen haber perdido la paciencia.
Corresponde es agradecer, por los años de fútbol, los goles, las derrotas que también fueron parte del camino. Por las noches de tensión y por aquellas en las que millones de argentinos volvieron a sentirse unidos detrás de una misma camiseta.
Ahora hay que mirar hacia adelante,buscar los nuevos líderes y aceptar que una generación extraordinaria, está llegando a su final.
Ricardo «Yayo» Guinsburg