Una persona que vive en la región estuvo, el pasado martes 13 de agosto, en un evento social/comercial/empresario que, como corresponde a ley de buenos anfitriones; concluyó con un excelente menú muy bien «regado». Obviamente le hizo honor a la oferta gastronómica y comió, en forma moderada para su habitual estilo; y disfrutó las exquisiteces que se ofrecieron.
Allí comenzó un calvario de intensos malestares, dolores de estómago, nauseas vómitos y demás. Como corresponde en estos casos, la persona probó unos cuantos remedios tanto de farmacia como caseros; sin tener respuesta positiva más allá de algunos minutos. Por supuesto que sus habituales compañeros de correrías referidas al placer de la comida, se reían bastante al ver el calamitoso estado del protagonista de la historia.
El cuasi calvario duró hasta el domingo a la tarde cuando, por fin, tomó la decisión y concurrió a la guardia del Hospital Tagarelli. Parecía ser una tarde pacífica en la guardia, algunos menores con catarros, un jugador de fútbol lastimado en un hombro y no mucho más.
A las 17.45 nuestro protagonista fue ingresado a la guardia luego de relatar, en forma sucinta, su padecer de casi una semana. Poco antes de las 18.00 lo ingresaron para el chequeo previo, 18.10 un médico simpático y bonachón lo atendió, conversó con el paciente y luego de palparlo en distintas partes le diagnosticó: «Tenés la vesícula inflamada, te vamos a inyectar algo para pasar el malestar y tomá la orden para hacer una ecografía» En la parte final del dialogo le sugirió: «Venite 10.30 el lunes»
Resumiendo la primera parte, en 45 minutos lo atendieron y diagnosticaron.
La segunda parte inicia este lunes a las 10.30, a las 10.41 ya tenía hecha la ecografía y a las 11.05 la doctora de guardia le dijo «Está todo bien, quédate tranquilo, hace dieta liviana y nada más»
Las cosas buenas, hay que contarlas.
