En una de sus canciones más conocidas, Vicentico relata «Los caminos de la vida no son los que imaginabas…» y dentro de esa frase se puede incluir la historia personal de Gastón D’Andrea, quién estuvo detenido en el año 2004 por robo, al quedar con arresto domiciliario en el año 2007 y ante la imposibilidad de circular por la calle y con la tutela del tío, «Mingo, que es tornero y venía a verme cuando yo estaba preso», empezó junto a sus hermanos a hacer esto para come. «Como no podía andar, me hice cargo de la fabricación en un tallercito que pusimos en el comedor de la casa de mi mamá”, recuerda.
El negocio creció, pasó de vender de a docenas en la ferretería, o en al gún super chino, llegó a un mayorista en Lanús donde un vendedor le sugirió «tenés que ir a los mayoristas». Descubrió ese mundo y «empezamos a vender más cantidad, y sobre todo empezamos a ver que había más demanda”. Cubrían los pedidos con un solo modelo de bombilla de aluminio con resortes.
El primer gran salto lo dan con la bombilla de color. Pero Gastón reconoce que hubo otras pequeñas señales que rápidamente les permitieron detectar que podían vivir de eso que habían iniciado en la casa familiar. “Primero fue todo muy de trinchera, hacer 10 bombillas y salir a venderlas. Después hicimos una bombilla anodizada, que es un tratamiento que se le hace al aluminio para hacerla de color, en ese entonces no existian y tuvo mucho impacto. Llegamos a vender como 100.000 por mes. Una cosa de locos. Íbamos a entregarle a los clientes y ya en el bondi, mientras volvíamos, nos llamaban para pedirnos más”, comenta.
Con el tiempo, también se mudaron al parque industrial de Ezeiza, donde alquilaron un galpón de 3000 metros cuadrados donde actualmente producen bombillas, sets materos, sartenes, cacerolas, inyección a terceros, colapastas, ensaladeras, tuppers, tachos de basura, mates, que venden a empresas de primera línea de todo el país y que han exportado a Chile, México, Paraguay y Uruguay; que ya cuenta con líneas de producción totalmente robotizadas y maquinaria del primer mundo; y a donde cada tanto llegan ingenieros que han trabajado en el exterior o equipos deseosos de saber de qué se trata y cómo funciona ese esquema productivo solidario que nació en pleno corazón de La Matanza, que decidieron organizar bajo un esquema cooperativo y fue creciendo a pura garra y corazón.
Y así, casi 20 años después de aquel 13 de marzo de 2007 que parece haber que dado grabado en sus memorias, estos tres hermanos han venido a validar la idea de que es posible tener un modelo de producción competitivo, que factura entre US$2.5 y 3 millones al año, que empezó tímidamente en la casa familiar y que ha transformado cientos de vidas cuyo único destino parecía ser el de estar al margen del sistema. Y cada tanto, cuando el tiempo se los permite, siguen juntándose a hacer longaniza casera junto al tío Mingo, como una forma de honrar sus raíces tanas y una hermandad a prueba de todo.
Fuente: TN