Lara Arreguiz tenía 22 años y vivía sola en Esperanza, una ciudad ubicada a treinta kilómetros de la capital de Santa Fe y sede desde hace sesenta años de las actividades académicas de las facultades de Ciencias Agrarias y de Ciencias Veterinarias de la Universidad Nacional del Litoral (UNL). Era estudiante y quería ser veterinaria. En el departamento que sus padres le alquilaban cerca del campus vivía con tres perros, dos gatos y dos víboras.

A los diez años se le había declarado la diabetes. Era insulino dependiente. La noche del jueves 13 de Mayo volvió a su casa después del gimnasio, se bañó y se sentó cerca de la estufa porque tenía frío. Estaba hablando por WhatsApp con Alejandro, su papá. Él le preguntó cómo estaba y ella le respondió que tenía mucha tos: supuso que la transición brusca del frío del ambiente al calor de la estufa le había hecho mal. Pero no era eso.

Pasaron tres días dando vueltas porque le daban algunos calmantes y nada más, fueron al nuevo Hospital Iturraspe, inaugurado en 2019 y calificado por la gobernación de Santa Fe como el más moderno del país. Volvieron a comprender que la saturación del sistema de salud es cabal.

Una enfermera la atendió. Le hizo una serie de preguntas y le pidió que esperara en el hall de entrada. Lara estaba ahogada, le faltaba el aire, le costaba respirar. Quería recostarse. Claudia vio una camilla en el pasillo y le preguntó a los enfermeros si podía utilizarla para que su hija descansara. Se la negaron por protocolo. “El piso estaba frío y sucio, pero ella se acostó igual”, narró la mamá. Una señora la vio y se compadeció: se sacó su campera y la tapó. “Se acercó y me recomendó que no se acostara en el piso porque estaba frío. Pero mi hija quería recostarse. Le pusimos mi campera y el bolso abajo, y ella me dio la suya para taparla. No le importó que mi hija tuviera coronavirus”, agradeció.

“Ahí le saqué una foto de la indignación que tenía. Cuando pasó un médico y la vio, yo le dije que ‘acá la gente no se muere por covid, se muere por la ineficiencia de las personas’”. Claudia estaba furiosa con la indiferencia y la falta de empatía de los profesionales. Dice que nadie de los que estaban en la sala de espera lucía tan descompuesto como Lara, quien ya tenía la confirmación del diagnóstico y un cuadro de riesgo con su dependencia por la insulina. “La señora tuvo más empatía que todos los médicos que estuvieron ahí ese día”, reflexionó.

“Fue todo muy injusto. Falta de solidaridad, profesionalismo y empatía”, insistió Claudia en su descargo en redes sociales. “Si de entrada hubiese tenido un suero o una cama de terapia, mi hija se hubiese salvado. Más allá de que esté todo el sistema desbordado, faltó en ese momento sentido común”, dijo la mamá de Lara.

Fuente Infobae

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