En Argentina se consume vino desde principios del siglo XVI. Las primeras cepas que se cosecharon en el mundo eran originarias de Armenia, Irán, Irak e Israel. Entre ellas estaba el Malbec, nombre que se le atribuye a un húngaro que vivió en el siglo XIX. Cuentan que este viticultor fue quien identificó la uva y la introdujo en el mercado de Francia. Esos primeros imperios, expertos en vino desde varios siglos atrás, expandieron sus cultivos por Europa, cruzando luego los océanos para llegar a América de la mano de Cristóbal Colón.
Cuenta la historia que “el clérigo Juan Cedrón llegó desde Chile para establecerse en lo que actualmente es Santiago del Estero y… «donde hay un sacerdote, hay misa, y dónde hay misa, debe haber vino para celebrarla». La expansión por todo el país siguió de la mano de los Jesuitas. Para 1598 había viñedos en Córdoba, Santa Fé, Buenos Aires, Mendoza y San Juan, que fueron sitios claves, ya que por allí ingresaban al territorio las vides provenientes de Chile, que ya contaba con una prominente producción vitivinícola.
En 1841 Domingo Faustino Sarmiento contribuyó en Chile a formación de la Quinta Normal de Santiago, a partir del modelo de la Escuela Normal de París, destinada al cultivo de plantas y de vides. A partir de esa experiencia, Sarmiento le propuso al Gobernador de Mendoza, Pedro Pascual, que contrate al ingeniero agrónomo francés, Michel Aimé Pouget, a quien ya había conocido en Chile. Fue así que Pouget se radicó en Mendoza en 1853 y fundó y dirigió la Quinta Normal.
El proyecto para la creación de esta quinta se presentó en la Cámara de Representantes de Mendoza un 17 de abril de 1853, fecha que más tarde se establecería como el Día Mundial del Malbec.