La presente nota fue publicada ayer en Diario UNO bajo la firma de Manuel De Paz, nos pareció un excelente relato de una persona (que no conoció) y, también, de un momento de la sociedad, es por ello que transcribimos algunos de los conceptos.

El crimen de Amieva: no van mil personas al sepelio de quien no ha sido buena gente

Como un refucilo cayeron los golpes sobre él. Y, como del rayo, Carlos Amieva se desplomó. Fue un instante, el jodido y misterioso instante en que la vida se quiebra.

Este hombre, que había salido a disfrutar del fresco junto a su pareja cerca de la medianoche en Tunuyán, cayó víctima de esa enfermedad social que consiste en dirimir, con violencia, problemas viales sin medir las consecuencias.

En su caso murió por manejar despacio, paseando. Esa lentitud fue algo que molestó a dos hombres que venían detrás en una camioneta, y que para demostrar su enojo lo encerraron y le hicieron un abollón, lo que generó una discusión que podría haberse arreglado de alguna otra forma sensata. Pero los agresores eligieron el atajo salvaje.

Amieva podría estar vivo y los dos agresores fuera de la cárcel adonde fueron a parar imputados de homicidio, pero en aquel segundo de ira y sinrazón en la calle Yrigoyen ya se habían anulado esas chances.

Luego de algunas consideraciones, cierra la nota diciendo

Nunca conocí personalmente ni traté a Amieva, sin embargo todo nos sugiere que fue un buen tipo, alguien que no merecía un final violento y mucho menos por una pavada generada en el tránsito.

No van 1.000 personas al sepelio de alguien que no ha sido buena gente. Amieva se fue siendo una especie de embajador de su departamento y del Valle de Uco. Mente sana en cuerpo sano. Y justo a él le destrozaron la cabeza.

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