Ramiro Longarin (27) y su novia Cintia viven en Zavalla, el pueblo santafesino ubicado a 100 kms de Rosario, y se habían comprado un Citroen 3CV modelo 75 para pasear por el pueblo.

Cintia le propuso a Ramiro viajar a Cartagena, Colombia, y el aceptó con una condición :: “¡Dale! Pero nos vamos en el auto…”.

Pusieron rumbo al caribe colombiano el 27 de Febrero y el viaje les duró hasta el 16 de marzo, cuando  llegaron a Challhuahuacho, en Perú, y no pudieron avanzar más.

Recién pudieron empezar el regreso el 18 de Mayo en una caravana integrada por 78 personas en 35 vehículos, todos argentinos que estaban en similar situación. La Policía peruana dio las siguientes órdenes: la caravana solo podría frenar en estaciones de servicio (cada 400 kilómetros) y las motos irían adelante, detrás de los patrulleros que marcaban la velocidad. Si alguien se retrasaba, había que esperarlo en la estación de servicio en la que frenaban a cargar combustible.

“El lema de la Policía era ‘si se queda uno, se quedan todos’. No nos permitían comprar nada. Y si queríamos ir al baño había que aguantársela hasta la estación de servicio que ellos quisieran”, “Tuvimos que hacer varias ‘vaquitas’ porque algunos de los viajeros se quedaron cortos con el dinero de la nafta”.

Por lo general, la Policía elegía una estación de servicio (solo funcionaban para cargar combustible) y debían pasar la noche en ese lugar. La mayoría dormía en los autos y camionetas. Los de los motorhome y casas rodantes la pasaban un poco mejor. E invitaban a algunos compañeros de ruta a dormir más cómodos. También hacían de cocineros: como tenían cocinas, preparaban porciones de arroz para compartir. Era eso o las galletitas que habían comprado antes de partir desde las distintas ciudades del país en las que se encontraban. El grupo se fue uniendo en distintos tramos. El primer destino final era Ilo, a solo dos horas de la frontera chilena. Allí les hicieron hisopados a todos.

“La primera noche fue en Calama. Nos habían dicho que pararíamos a dormir en un campo del Ejército, pero nos encontramos con un baldío arriba de la montaña”, dice Marita. “Con el frío que hacía era inhumano dormir.

Ramiro, el del Citroen, había tenido que emparchar una de sus cubiertas. Tenía problemas con el bolillero de una rueda delantera, pero la Policía no le permitía arreglar nada. Como podía seguir manejando, no lo dejaban frenar. En la caravana había camionetas último modelo, con pocos kilómetros. Por indicación de la Policía, todos tenían que avanzar juntos, al mismo ritmo. “Cuando me dijeron eso, me preocupé. Con el calor que hacía, el motor sufría más. Sumale la altura, la montaña…hubo un trayecto de una hora en la que no pude subir a más de 20 kilómetros por hora. Pero llegamos bien. Este auto no se vende más. Con mi novia queremos volver a internarlo: Colombia sigue siendo un viaje pendiente”, cuenta. Todos los detalles de su viaje están en su página de Instagram “Citroen viajero. América del sur en Citroen”.

 El trato de la Policía argentina fue similar al de la chilena y la peruana. Querían hacerlos avanzar hasta salir de cada provincia sin dormir, a pesar de aclararles que venían de conducir toda la noche. Finalmente los dejaron: lo hicieron a un costado de la ruta. “El viaje fue una odisea, pero también fue una experiencia linda e inolvidable. Lo que faltó fue la parte humana de la Policía”, reflexiona Marita.

Fuente y foto : Clarin

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