Su estrategia funcionó. El primer día que Sergio Massa asumió en el quinto piso del Ministerio de Economía les dijo a sus colaboradores cuál era su plan. Tenía una meta clara: ser el candidato del oficialismo para la presidencia de la Nación. En ese momento parecía una utopía. La presidencia de Alberto Fernández ya no tenía rumbo; Silvina Batakis, su exministra de Economía, se había enterado en un vuelo de regreso a la Argentina de que había sido despedida; Cristina Fernández de Kirchner estaba jaqueada por la Justicia, y el abogado de profesión se quedó con la lapicera para aplicar un plan que llevó a la práctica desde el primer día.

El Ministerio de Economía pasó desde el día uno a ser territorio político. A tal punto que rompió con una máxima de todos sus antecesores: apagó las seis pantallas del despacho y dejó de lado el minuto a minuto de las reservas, la cotización del dólar, los valores de las commodities y hasta de los bonos que siempre marcaron la agenda de los inquilinos en Hacienda. “A mí con el teléfono me alcanza. Si tengo alguna duda llamo al especialista, pero lo que tengo que tener es la temperatura de la calle”, aseguró mostrando que tenía claras las ideas.

Sin lugar a dudas, la gran pregunta es ¿Cómo logra un ministro de Economía con un dólar blue a $1100 y una inflación del 148% anual convertirse en el ganador de la elección? ¿Qué cambió para que el país, que se había teñido de violeta y lo había dejado tercero, vuelva a mirar con buenos ojos al gobierno que tiene un 40% de la población por debajo de la línea de pobreza?

Las estrategias de campaña de la oposición de  Patricia Bullrich convocaba al orden y a la bimonetariedad, y Javier Milei, a la dolarización y a no intentar un “cambio con los mismos de siempre”. En ambos casos propusieron un ajuste: en Juntos por el Cambio, del Estado; y en La Libertad Avanza, de la casta. En Unión por la Patria sembraron la idea de “vienen por todo, vienen por tus derechos”, con un umbral de tolerancia cada vez más bajo por parte de una sociedad que hace tiempo la pasa mal.

Con esas herramientas en mano y datos concretos, Massa empezó a trabajar sobre la suma de los miedos de su electorado. En el país hay 18,7 millones de personas que reciben dinero del Estado, entre jubilados, pensionados, beneficiarios de planes sociales, pensiones graciables, y dentro de ese universo se encuadran unos 3,8 millones de empleados públicos. En el sector privado se emplea en la Argentina a unos 6,2 millones de personas. En Aerolíneas Argentinas se editó un video en el que se lo presentaba como la única opción, ya que el resto “querría cerrar la línea de bandera”; en los trenes les aseguraron a los pasajeros que sus tarifas se dispararían de $56 a $1100 en todas las pantallas; y así en cada uno de los rincones del sector público, donde el “aparato” de comunicación funcionó a la perfección. La macroeconomía y el déficit de US$3,5 millones que suponen los trenes estatales quedaron muy lejos para una población sumida en la desesperanza y el cansancio, que revelaron todos los sondeos que reflejan el clima de época de 2023.

“La plata no alcanza” era otra de las frases más recurrentes en los focus groups. De ahí que el “plan platita 3″ no escatimó en recursos tras la derrota en las PASO. Había que emitir programas para “todos y todas”. De mínima, el barco llegaría a diciembre; de máxima, sería un problema para la presidencia, pero con margen para ganar tiempo. Así es como unos $3 billones se volcaron a los sectores más disímiles. Es decir, el equivalente a 1,5% del producto bruto interno de un país que necesita ordenar sus cuentas.

“Poco importa de dónde vienen, si es que vienen. A la gente le preocupa que la rueda gire y eso es lo que logramos”, razonó exultante un integrante de la mesa chica del Ministerio de Economía. 

Sin dudarlo, tras la derrota en las PASO pesó más que nunca la economía del metro cuadrado. Massa decretó el reintegro del 21% de las compras en supermercados, sin importar si es un alimento de la canasta básica, un electrodoméstico o un producto suntuario. Postergó el aumento de las tarifas energéticas y de transporte, decretó un bono de $20.000 para desempleados y otro de $94.000 para trabajadores informales; lanzó un alivio fiscal para autónomos; un refuerzo mensual para jubilados; una suma fija para empleados del sector privado; refuerzos en la Tarjeta Alimentar y Potenciar Trabajo, y un nuevo programa Previaje, al que busca convertir en política de Estado.

Los beneficiarios de Compre sin IVA son unos 7 millones de jubilados y pensionados; 2,5 millones de beneficiarios de la AUH; 2,7 millones de monotributistas; empleados en relación de dependencia y 440.000 trabajadores del Régimen del Personal de Casa Particulares. La devolución es de hasta 18.000 pesos.

Como si fuera poco, se anunciaron distintas líneas de crédito a tasas subsidiadas para jubilados, monotributistas y trabajadores en relación de dependencia; un “alivio fiscal” para monotributistas de las categorías A, B, C y D; acuerdos de precios con empresas de consumo masivo, combustibles y con automotrices y congelamiento de las cuotas de prepagas desde octubre por 90 días. “El día después será el día después. Ahora basta con que la misión se logró con creces”, celebraban ayer en el búnker de Unión por la Patria.

Como si fuera poco, Massa ya había previsto que la batalla final sería en noviembre y que, en caso de llegar, sería imprescindible seducir a parte del electorado de Juntos. De ahí que con el sueldo de ese mes llegará el nuevo piso para tributar el impuesto a las ganancias. Así, con la liquidación de octubre, dejarán de tener descuento quienes tienen remuneraciones de entre $700.875 (o una cifra mayor, dependiendo de las deducciones por hijos o por gastos que se hayan declarado) y una cifra de aproximadamente $2.000.000. La mejora en el salario de bolsillo para ese segmento de trabajadores será inmediata.

Massa confirmó que volverá a su despacho en Economía y los problemas son los mismos que dejó el viernes a última hora, con una sola diferencia: todavía sigue en la carrera presidencial. “Lo que la gente está esperando es un rumbo concreto, cosas normales, tipos normales, que digan cosas normales. El lunes la vida sigue, los bares no cierran, es todo momentáneo, es todo cualitativo. Cuando vas al supermercado, las góndolas no están vacías: el lunes va a ser un día normal”, concluyó el economista Juan Carlos de Pablo. Argentina, no la entenderías.

José Del Rio para La Nación

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